En mi territorio, siempre me enseñaron que el liderazgo es para servir. Es estar cuando hay problema, cuando hay duda, cuando la comunidad necesita orden y claridad. Es aprender a escuchar sin apurarse, a hablar con firmeza sin faltar el respeto, y a sostener acuerdos aunque cuesten.
También me enseñaron que el territorio no se mira solo con los ojos, se mira con la memoria antigua que nos cuentan y con el corazón. Porque tierra no es un espacio vacío, es la vida misma. El agua no es “un recurso”, es la sangre del territorio. Y la jẽã (casa) no termina en una pared: se extiende en los ríos, en el monte, en los lugares de trabajo y de descanso, en los senderos, en todo lo que nos mantiene de pie.
Por eso, defender el territorio no es “pelear por pelear”. Es defender lo que permite que una familia coma, que una comunidad se cure, que una generación crezca sin miedo. Es defender el derecho a seguir siendo quienes somos.
Cuando una comunidad está unida, es difícil que la quiebren. Cuando la comunidad se divide, cualquiera entra y hace lo que quiere. Esa es una verdad dura, pero real. Por eso la primera defensa siempre empieza adentro: cuidar la organización, el respeto, la palabra. Que las decisiones se por consenso.
Yo he visto cómo llegan las presiones: a veces llegan con promesas bonitas, otras veces llegan con plata rápida. Y ahí es donde uno debe tener la cabeza fría, porque lo fácil puede salir caro, y lo que se rompe en el territorio no se arregla con disculpas.
Octubre de 2019: cuando el territorio caminó a la capital
Hubo un momento en que la defensa del territorio también se volvió defensa del país: octubre de 2019. En ese tiempo, desde la Nacionalidad Achuar del Ecuador, nos tocó asumir una decisión colectiva y caminar junto al paro nacional que exigía la derogatoria del Decreto 883.
Fue un paso firme, con disciplina y con propósito. Salimos desde el interior, llegamos a Puyo y seguimos hasta Quito con una delegación organizada. En esos días entendí algo que no se me olvida: cuando una medida golpea fuerte a la gente, el silencio también pesa. Y cuando un pueblo se levanta con dignidad, hay que saber acompañar y cuidar a los nuestros.
Esa experiencia dejó una lección para mí y, sobre todo, para los jóvenes: movilizarse no es moda, no es show, no es odio. Es una forma de decir “aquí estamos” cuando el gobierno tomó decisiones sin mirar la realidad de los territorios.
Defender el territorio no puede quedarse solo en “no permitir”. También es abrir caminos de futuro. Porque si no hay oportunidades, siempre habrá quien quiera comprar el bosque por pedazos.
Por eso, para mí la defensa verdadera tiene que caminar con alternativas: educación con identidad, trabajo digno, iniciativas sostenibles, innovación que respete la vida. Y también con algo que nuestra cultura entiende bien: el cuidado espiritual del territorio. En la Nacionalidad Achuar se reconoce la relación profunda entre la selva y el mundo espiritual; prácticas como el natem (ayahuasca) forman parte de ceremonias de curación y comunicación con los espíritus, y reflejan ese vínculo con la naturaleza que no se negocia. Eso también es defensa: cuidar la vida en todos sus niveles.
A los jóvenes de Morona Santiago
No dejen que nadie les convenza de que su voz no vale. Morona Santiago necesita jóvenes que se formen, que trabajen, que emprendan, que hablen con criterio y que no se dejen dividir por chismes o por intereses ajenos.
La política no tiene que ser sucia. El liderazgo no tiene que ser griterío. Se puede liderar con respeto, con claridad y con resultados. Y se puede defender el territorio sin odiar a nadie, pero sin arrodillarse ante nadie.
Yo creo en un futuro donde nuestra provincia crezca sin perder su esencia. Donde el desarrollo no sea destrucción, sino oportunidad. Donde el territorio sea orgullo, no mercancía. Y donde el liderazgo comunitario vuelva a tener el valor que siempre tuvo: el valor de cuidar la vida.

