En Morona Santiago, quedarse no es “no moverse”. Quedarse es una decisión valiente. Porque aquí la vida te pide más esfuerzo para estudiar, más paciencia para conseguir trabajo, más creatividad para emprender, y más cabeza para no rendirte cuando todo se pone cuesta arriba.
Los datos estadísticos nos dicen que en la provincia la realidad es pesada. Morona Santiago aparece con tasas muy altas de pobreza por ingresos y también multidimensional. Eso significa que para muchos jóvenes el punto de partida no es parejo: faltan servicios, falta conectividad, falta plata en la casa, y a veces falta hasta tiempo, porque toca trabajar temprano. Cuando el piso es así, cualquier sueño cuesta más. Aun así, aquí hay juventud que se queda… y que empuja.
Ahora, que la vida sea dura no significa que el futuro esté cerrado. Solo significa que hay que construirlo con estrategia. Y para mí, en la Amazonía esa estrategia se sostiene en tres cosas: habilidades reales, oportunidades reales y mercados reales.
La primera es la formación útil, la que te sirve para hacer plata sin perder el tiempo. No se trata solo de “tener título”; se trata de saber hacer algo bien, con demanda, y con la capacidad de crecer. Por eso funcionan tanto las capacitaciones prácticas: oficios, producción, transformación de alimentos, emprendimiento gastronómico, piscicultura, agricultura con buenas prácticas, y todo lo que te permita producir mejor y vender mejor. En la Prefectura, por ejemplo, hay una línea visible de talleres y capacitaciones que apuntan justo a eso: aprender para generar oportunidades, fortalecer emprendimientos y mejorar producción.
La segunda es el primer impulso. Muchísimos jóvenes sí tienen ganas, sí tienen idea, sí tienen talento… pero se quedan trabados en lo mismo: falta una mano al inicio. A veces es capital mínimo, a veces es acompañamiento para sacar permisos, a veces es saber costear, empaquetar, vender, usar redes, o simplemente aprender a cobrar sin miedo. Ahí es donde los programas de formación y acompañamiento valen oro, porque te ordenan la cabeza y te ayudan a pasar de “quiero hacer” a “ya estoy vendiendo”.
La tercera es el mercado, porque emprender sin mercado es como sembrar sin camino. Puedes tener el mejor producto, pero si no hay quién lo compre, se te muere el ánimo. Por eso en Morona Santiago el emprendimiento tiene que ir amarrado a conectividad, ferias, encadenamientos productivos, turismo bien hecho y acuerdos de comercialización. Es decir: no solo “hagamos”, sino “vendamos mejor”.
Y aquí viene lo importante para el tono de esta provincia: el futuro no es copiar modelos de afuera. El futuro es agarrar lo nuestro y hacerlo crecer con inteligencia. Morona Santiago tiene de sobra cultura viva, biodiversidad, ríos, paisajes, comida, cacao, yuca, ganadería, artesanías, turismo, y un montón de jóvenes con habilidad para resolver y aprender rápido. Lo que falta muchas veces es organización, formación práctica y apoyo constante para que el talento no se quede en intento.
A mí me gusta decirlo así, sin adornos: la juventud que se queda no está pidiendo regalos. Está pidiendo cancha pareja. Está pidiendo conectividad, formación que sirva, créditos accesibles, espacios para vender, acompañamiento técnico, y un Estado que no llegue solo a inaugurar, sino a sostener procesos.
Cuando un joven encuentra una ruta clara, pasan cosas buenas: se queda por decisión, no por obligación; crea empleo aunque sea chiquito al inicio; mueve la economía local; y, sobre todo, le pone futuro a la provincia sin romper su esencia.
Morona Santiago no necesita que su juventud se vaya para “triunfar”. Necesita que su juventud pueda triunfar aquí. Y eso se logra cuando estudiar, trabajar y emprender dejan de ser una carrera solitaria y se vuelven un camino acompañado, con oportunidades reales.

