Aprendí desde temprano que la vida se sostiene en relación, principalmente con la familia, y luego con la comunidad, con el territorio. En el espacio donde nací y viví, nadie “se hace solo”. Uno crece porque hay manos que lo levantan, voces que aconsejan y una memoria ancestral compartida que siempre te recuerda quién eres, incluso cuando el camino se pone difícil.
En choza, la mañana no empezaba con apuros como lo hacemos en las ciudades, empezaba con sentido. El fogón encendido, la conversación, el cuerpo despertando con la bebida que reúne a la familia y prepara el día. En muchas comunidades achuar, la guayusa se toma de madrugada como parte de un rito de fuerza y limpieza; se conversa, se piensa el día y se ordena el ánimo. Esa costumbre es una forma de disciplina y de cuidado.
También bebemos la chicha de yuca, que es encuentro, es hospitalidad, es energía para trabajar. En la tradición achuar, antes de salir a las faenas diarias se toman pilches de chicha; es parte del ritmo del trabajo y del cuerpo. En ese gesto hay una enseñanza sobre que el esfuerzo no se improvisa, se prepara; y lo que se comparte, fortalece.
El territorio se entiende al recorrerlo. Hay lugares que se respetan, espacios que se guardan, sitios donde la gente sabe que no se entra de cualquier manera. La selva no es solo un espacio grande de naturaleza, en nuestros territorios tenemos historiaa, nombres, señales. Y por eso la relación con los ríos, las cascadas y los caminos del monte no es meramente romántica o ecológica, es espiritual y práctica a la vez. Sabemos que de ahí viene el alimento, el remedio, la orientación, la calma.
En la vida comunitaria, el aprendizaje no siempre llega como clase; llega como ejemplo. Se aprende mirando a los mayores: cómo hablan, cuándo callan, cómo corrigen sin humillar y cómo sostienen los acuerdos entre ellos, solamente con su palabra, sin necesidad de contratos o documentos. Se aprende que la palabra tiene peso, porque el día a día te pone a prueba. Entonces la confianza se construye y se cuida siempre.
Y se aprende también del trabajo de la casa y del terreno. La siembra no es solo producción: es escuela de paciencia. Te enseña que lo importante tarda, que lo vivo necesita atención, y que quien no cuida la base, pierde todo.
Mi identidad achuar se forma ahí: en lo cotidiano que parece simple, pero que en realidad es profundo. Porque la cultura no está únicamente en los grandes eventos; está en la manera de saludar, en cómo se recibe a alguien, en cómo se comparte lo que hay, en cómo se acompaña a quien atraviesa un problema. Está en el consejo, en la asamblea, en la decisión colectiva. Está en comprender que el “yo” no se separa del “nosotros”.
Y está, también, en la palabra cantada. Los anent (cantos) existen en la tradición achuar como parte de la vida: para pedir, para perdonar, para el trabajo, para la cacería, para el vínculo. Hay estudios y materiales educativos que reconocen ese lugar de los cantos como práctica viva y transmitida. En una cultura así, la palabra llega a ser fuerza, puede ser camino, puede ser cuidado.
Por eso, cuando pienso en mis raíces, no pienso en una biografía. Pienso en una forma de estar en el mundo. Pienso en lo que me enseñó la comunidad sin necesidad de discursos: a respetar, a cumplir, a escuchar, a sostener. Pienso en la dignidad de la vida sencilla que, por ser sencilla, no es menos grande: es más verdadera.
Y pienso en el futuro. Porque mis raíces no me amarran; me orientan y me recuerdan que el desarrollo que vale la pena es el que no rompe lo esencial: el que protege la vida, fortalece la identidad, y abre oportunidades sin pedirnos que dejemos de ser quienes somos. En eso creo. Y desde ahí camino.

